De como la llorona “desmadró” a los pueblos originarios
Lukas Avendaño
Es común pensar en la Llorona y en los gritos desgarradores de ¡Ay mis hijoooooooosss!, ¿dónde estarán?, ¡Ay mis hijos!, siendo este lamento el que motiva esta reflexión. Las fuentes documentales, arqueológicas, etnográficas, y demás que pueden ser rastreadas semióticamente en la larga duración, nos dan testimonio fehaciente que las culturas que se desarrollaron y poblaron Mesoamérica estaban constituidas por una estructura teocrática, donde si bien la divinidad ocupaba un lugar sustancial en la existencia de la vida, ésta era preponderantemente femenina, quiero decir que la vida y la existencia tenían sentido en un contexto donde la tierra era mujer, de ahí la relación de los cerros con la panza de las parturientas y las cavernas o cuevas con relación a la vagina, aunado a esto, toda la producción de cerámica que evoca a la feminidad, o ¿cuántos de nosotros no hemos encontrado estas estatuillas de barro cocido que muestran mujeres de pechos descubiertos o ataviadas con altos tocados, orejeras, besotes, collares, etcétera, también conocidas como binni gulazaa?
Es así como los pueblos originarios encuentran una relación directa con su madre que es la tierra, la que nos da el sustento, la que nos viste, la que nos enseña, la que nos guarda en su vientre una vez concluida nuestra labor en la superficie de su cuerpo; es ella la madre tierra, el cerro madre, la cueva madre, el árbol madre, como extensión de su cuerpo donde habitan espíritus.
Es con esta forma de ver, venerar, vivir la vida, con la que se encontraron los aventureros del viejo continente que llegaron a estas tierras en busca de conquista, fama y fortuna, cuya manera de entenderse estaba sostenida con base en una estructura masculina –religión católica–, Dios padre, Dios hijo y Dios espíritu santo, por donde lo viéramos, son hombres los hacedores de la luz divina; siendo hombres los mismos encargados de hacer valer su palabra, tan es así que aún la estructura de las iglesias de corte cristiana, como religión o sectas, está conformada por hombres: fue esta mirada masculina la que se confrontó al momento de llegar a estas tierras, donde ponderaba lo femenino, donde era lo femenino los que regía la vida y, ante este hecho, se dan las primeras contradicciones, las más profundas, aquéllas relacionadas con las creencias y la fe, la forma de entender y ejecutar la realidad. Desde este percance, los recién llegados inician su conquista espiritual con la fuerza de su fe cristiana, con la fuerza de los arcabuces y los cañones, con la fuerza de su ambición por los tesoros.
Pero para debilitar a un sociedad no basta con el cambio de las condiciones materiales existentes, pues esto no crea cambios radicales de conducta, dándose a la tarea de influir en las subjetividades de los naturales, ¿y cómo se hizo?, pues tergiversando el significado profundo de lo femenino, negándolo, desapareciéndolo y, en otros casos, deslegitimando su existencia, para el reconocimiento de los masculino sobre lo femenino.
El trabajo no fue fácil, requirió del esfuerzo fincado en el amedrentamiento, la amenaza, el castigo, la culpa, la vergüenza y el pecado, en la construcción del miedo y el temor a Dios, es decir, habrá que acabar con los intelectuales orgánicos, los que poseían el conocimiento de la filosofía, la astronomía, la astrología, las matemáticas, habría que exterminar a los que poseen el conocimiento profundo del calendario ritual y el calendario solar, que la memoria histórica se perdiera, y no se escatimaron esfuerzos para extirpar a los conocedores del tiempo y la historia, de no haber sido así, no hubiera tenido sentido la Santa Inquisición, y, con ello, los desmembramientos, las mutilaciones, las hogueras y las torturas que, al final, sólo querían que el pueblo, la masa, la chusma, la prole, la bola perdiera su historia; esta misma gente edificadora de los conventos, las iglesias, los palacios, éstos que levantaron las grandes y suntuosas ciudades, éstos que morían aplastados en las minas y en la industria de la construcción de la ciudad de Dios, etcétera.
Pero para fortuna de unos y desfortuna de otros, el pueblo tiene eso que llaman costumbres, tradición, hábitos, o “la maña” de repetir ciertas conductas, de visitar ciertos lugares, y es así como se daban sus escapadas los naturales para visitar los lugares de sus diosas (ses) primigenias (os), y se refugiaban en las cuevas, en las islas, en las cavernas para estar en la intimidad con la venerable madre tierra, para estar en la cercanía de sus entrañas o en las inmensidad de su palabra traducida en árboles, estos ritos o visitas frecuentemente sucedían por las noches, por tanto, era casi imposible para los evangelizadores mantener el control sobre estas poblaciones de desalmados, recuérdese que, por muchos siglos, estuvo en discusión en las altas cúpulas del poder eclesiástico si los naturales tenían o no alma, ya que el ser del indi@ “adquiere una dimensión maligna, pues va en contra de la dirección de la humanidad regida por Dios mismo.”
Ante la imposibilidad de contener a los naturales en sus prácticas idolátricas, los misioneros optaron por entrar en su psicología y nada mejor que la invención de laMatlacihuatl. Esta bella doncella, que se aparece por las noches y que habitaba en las cuevas, las cavernas, cuerpos de agua, barrancas, y se aparece a los pies de grandes árboles de gruesos troncos para seducir a los hombres sorprendidos por la noche.
Existen diversas versiones de la Matlacihuatl, desde aquéllas que dicen que es una mujer con cabeza de caballo, a la cual vale una interrogante ¿por qué caballo?, ¿será acaso por ser una invención peninsular que llegara igualmente montada en un caballo, a la par que la cruz y la espada?; otros dicen que encantaba los hombres y los perdía en los montes hasta que éstos llegaran a la locura, o que los recluía en cuevas encantadas donde el tiempo aparentemente no pasaba, aquí una vez más vemos cómo los espacios, que para los naturales eran sagrados, se ven vulgarizados como lugares de perdición, de locura y muerte, como puerta del infierno mismo.
Otra versión refiere aquella mujer que invitaba a los hombres a copular y, una vez consagrado el coito, la mujer mostraba una vagina dentada con la que les arrancaba el miembro. ¿Todo esto para qué, si no para legitimar una ideología patriarcal en detrimento de la cosmovisión mesoamericana, que se trajo entre las patas al orden femenino de las cosas, al orden femenino de nuestras relaciones humanas, personales, laborales, sentimentales, emocionales, etcétera?
Con esta deslegitimación de lo femenino, lo que nos queda es una mujer perversa, diabólica, castradora de hombres, sucia, mala, maléfica, bruja, hechicera y toda la carga occidentalizada, que ya de por sí tenían reservada las estructuras institucionales europeas para las mujeres de aquellas lejanas tierras, pero que terminaron alojándose y transfigurando el sentido profundo de las cosas y su relación con la tierra, el suelo, y todos los elementos de la naturaleza, que para los naturales eran sagrados, venerables y dignos de respeto y cuidado.
Es probable que se pregunten cuáles son las fuentes para tales declaraciones, a lo que basta pensar en los momentos en que alguien llamó a la puerta de su casa diciendo “¡Dios es amor!,” “¡Dios te ama!,” ¡”Aleluya, hermano!,” para luego decirnos que nacimos del pecado original y, como fruto del pecado, Dios nos tiene reservadas las llamas eternas del infierno y otros tantos conjuros y maleficios, si no mostramos arrepentimiento y fidelidad a su eterna bondad; ante este hecho, vale la pena preguntarse y ¿no que Dios es amor?, ¿no acaso el amor de Dios es tan grade?, eso quiere decir que el Dios que me predican no es del todo amor, porque es un Dios que me condiciona –me amas o te vas al infierno–, y ¿quién de nuestras madres nos condiciona para ser amados?
Ante tal efectividad del método evangélico actual para un ciego sometimiento y obediencia, no es difícil pensar en la capacidad de los evangelizadores coloniales y otros intelectuales del régimen o del bloque hegemónico de la Nueva España, aunado que seguramente estos evangelizadores conocían la tradición literaria del Mediterráneo y, claro que conocían las tragedias de Eurípides, donde Medea, ante el abandono y traición de Jasón, asesina a sus tres hijos, quedando ella con una hechicera maléfica, una mujer que antepuso su venganza, su rencor y su ira, antes que el respeto por al vida de sus hijos, aunque nadie se atreva a sancionar la traición de Jasón, es decir, estamos acostumbrados a emitir juicios de valor con base en los efectos o resultados, pero no cuestionamos las causas es decir, ¿qué es lo sancionable? ¿que los Estados Unidos de Norte América agudice su sistema antimigrantes o que los mexicanos tengan que abandonar su propio país como resultado de su política económica del desalojo?
Como conclusión, la Llorona o las versiones de las Lloronas que nos llegan, no son más que la concreción de la ideología patriarcal, machista, falocéntrica y capitalista, en detrimento de una cosmovisión centrada en la dualidad femenina como origen de la vida y que llega hasta nuestros días, con el lastre que aún las mujeres tienen que soportar en las diferentes esferas de la vida pública o privada. Por tanto, en la medida que repitamos las historia de la Llorona que mató a sus hijos y que, por este hecho, se volviera loca y penara por las calles, estamos legitimando y dando continuidad al régimen capitalista que nos golpea, que nos lastima, que nos niega y nos excluye en nuestra calidad humana.
No es gratuito que para negarles la voz, las opiniones o asertos de las mujeres como discurso femenino y seres humanos se vean acusadas de “lloronas, locas, histéricas, calientes, ninfomaníacas, solas, solteronas, trotacalles, verduleras, perras, putonas, menopáusicas, deprimidas, amantes, queridas, vedettes, exóticas, encueratrices, madres solas o madres solteras, fracasadas, las que metieron la pata, se fueron con el novio y salieron con su domingo siete, las malcasadas, divorciadas, la que anda con casados, la roba maridos, la que se acuesta con cualquiera, ligera de cascos, mundana, coqueta, relaja dientes, regona, ligadora, fácil, ofrecida, la insinuante, la caliente, la cogelona, la insaciable, la hija de la chingada o de su puta madre”, etcétera.
La existencia de la Llorona, en los términos que la conocemos desde nuestras subjetividades, es el lastre que nos llega como una invención que contuviera a losnaturales en sus prácticas religiosas en favor de sus dios@s primigenios, un lastre que aun a los niñ@s les pesa, cuando por las noches se niegan a caminar a su recámara, pasar por los pasillos, calles o callejones de una sección, barrio, colonia, o caminar por los montes una vez caída la noche, no sea que se les aparezca el espíritu de la Llorona y regresen a casa sin el apéndice que nos “instituye como hombres.”
La leyenda de la Llorona fue el método mediante el cual los pueblos originariosperdimos la relación sagrada con la tierra, para convertirla en cosa, mercancía en circulación, rentable, prostituible. Con la Llorona, nos quedamos sin madre, es decir desmadrados.
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