A los que perdieron la cara – Narrativa
Lukas Avendaño
avendanolukas@yahoo.com.mx
Mientras acarreo manojos de sorgo verde para un par de toros amarrados al tronco de un mezquite, mis pies se hunden en el lodo. Busco cuidadosamente dar el siguiente paso entre las estacas dejadas por el tallo del sorgo. Accidentalmente miro a un chapulín verde con costado rojo, que yace en una hoja de pasto verde; me detengo… y, aun cuando comienza a caer la llovizna, sigo contemplándolo; me acerco más, miro sus patas; por un instante pienso en atraparlo, pero me contengo al imaginar que él busca a su madre, que está perdido o que pide auxilio en el idioma chapulín. Pienso si no me mirará con miedo, o que debido a sus dimensiones yo le parezco un gigante, y esto me estremece.
También he pensado en la historia de vida de la abejita Maya, ¿la recuerdan? La acompañaba su hermano Wyli; ambos buscaron incansablemente a su madre, quien era reina de abejas. Asimismo, pienso en la abejita José Miel y la ranita Demetan:
Grandes ojos tengo yo
La ranita Demetan
El estanque arcoíris
Es mi cristalino hogar…
Hasta el osito Kissyfur pasó por mi mente; y me tenían prendido todos estos recuerdos, cuando sentí la espalda mojada. Hoy creo que fue esta serie de caricaturas la que forjó mi conducta amorosa con los insectos, los animales en general y los árboles. Incluso nunca aprobé, aun siendo niño, las acciones de mis primos, quienes se divertían matando tortugas a pedradas cuando salían de la laguna, cerca de casa; tampoco acepté jugar a patear sapos… cuánto gusto me hubiera dado tener un vecino como Ta Neto, el hombre que compraba sapos a Mayra Desales, para después devolverlos al río.
Recuerdo las veces que nos peleábamos con los niños vecinos porque les arrancaban las extremidades a los patitos y luego los lanzaban a media laguna. Fue una de esas veces cuando me rajé la rodilla: justo tengo la cicatriz en la izquierda; después de ello nos dejamos de hablar por mucho tiempo.
Ahí estaba, recordando todas estas cosas, mirando al chapulín, cuando pasó el sobrino del actual regidor de ecología de Tehuantepec, el mismo que me negó la propuesta de reserva territorial de las labores, y quien después de oficios y contra oficios no me dio nada. El mismo que, en tiempos de campaña electoral, cuando contendió para la presidencia de Tehuantepec, se llamó a sí mismo: sobrino de Juana Romero, viuda de Salazar; descendiente de Juana Catalina Romero (Juana Cata). Pero se tuvo que conformar con la regiduría de ecología.
Y hoy, hace apenas unos minutitos, nos encontramos en el corredor del palacio municipal e, inevitablemente, no podemos hacer como que no nos vemos, y nos encontramos las miradas, frente a frente, a los ojos… te diré que jamás había sentido tanta humanidad por una persona así, ya que me di cuenta de que es un hombre que ha perdido la cara… ya el tío Santos platicaba, en el corredor el Ex Convento Dominico en Tehuantepec, de cuando la gente enfermaba de vergüenza.
Para tales casos, había especialistas en curar, y decía uno de ellos: “ahorita te curo”, mientras agarraba un plato que ponía frente al enfermo; luego despedazaba un chile, tomaba un pedazo de carrizo que cortaba del cerco y seguía diciendo: “vamos a comer a esta vergüenza”, al mismo tiempo que continuaba rompiendo el carrizo en astillas cada vez más pequeñas. Una vez que la vergüenza estaba corporeizada en las astillas y el chile dentro del plato, ofrecía el platillo al enfermo, haciendo como que se lo comía, y éste, a su vez, lo ofrecía a los presentes, en tanto el especialista curador decía: “vergüenza, deja a este hombre trabajador, honrado, ¿por qué no te vas al río, vergüenza?, métete bajo una piedra, vergüenza; tírate a la calle, vergüenza; súbete a un árbol, métete al pozo, súbete al cerro, tírate al sol, vergüenza…”.
Esto platicaba el tío Santos, cuando recordé la vez que la señora Chata curaba a uno de sus nietos, y decía: “espanto, salte de aquí, métete entre las vacas, métete en el culo del perro, métete en el culo de Lacho”. Pero Lacho, quien escuchaba todo por el cerco de carrizo, le contestó a su abuela: “Tu madre, no, Chata, ¿por qué no dices que se meta en tu culo, no?”.
Y he dicho todo esto para hablar de los que ya no enferman de vergüenza, pues han perdido la cara, y es que la vergüenza entra por ella, por los ojos; se te llena la cara de vergüenza, se pone caliente, roja, pesada por tal vergüenza, tanto que quienes se enferman no te ven más a los ojos, y andan todos agachados de lo pesada que es la vergüenza, y no miran ya de frente o mejor hacen como que no te miran.
Por eso siento mucha compasión por la gente que ha perdido la cara, pues no es natural que existan personas sin ella, como quien dice: descaradas, ya que luego andan haciendo mucho mal, y debido a que no tienen cara, tampoco pueden enfermar de vergüenza, y con ello no se dan cuenta de que hacen mal. Pobres de ellas, se condenan cada vez más y más, hundiéndose ya de plano en la injusticia.
Hoy hago manifiesto que siento como una responsabilidad mía recordarle a los descarados el lugar de su cuerpo que alguna vez fue ocupado por su cara; recordarles que cuando nacieron y fueron niños la tenían, que de adolescentes seguramente la conservaban; es decir, no hace mucho que la perdieron y aún es posible recuperarla.
Por tanto, a partir de hoy manifiesto que cuando reconozca a un descarado le recordaré, con la humedad de mi saliva, el lugar que ocupó su cara… esto de ninguna manera deberá ser tomado como un insulto u ofensa a su honor o dignidad (ya que esta clase de persona, por su oficio, profesión, militancia o actos, se ha descarado, de por sí ya carece de dignidad), sino todo lo contrario: considérese mi acción como un acto de amor por el descarado, ya que en la medida que se le recuerde que alguna vez tuvo cara y la recupere, podrá volver a enfermar de vergüenza cada vez que sea injusto.
Sea, pues, la justicia de su actuar la que devuelva al descarado su dignidad y su honor.
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